Arrebatadora, repugnante, histérica «Balada Triste de Trompeta»
De la Iglesia hace una descripción, en clave vómito, de la historia reciente de España
Siempre he sentido una especial fascinación, irracional supongo como la mayoría de estos arrebatos, por «Balada Triste de Trompeta», esa extrañísima canción de Raphael que empieza con meliflua melodía, que es arrebatadoramente taciturna y que deriva en una histérica y surrealista sucesión de gritos tan propios de la personalidad guiñolesca del cantante.
Alex de la Iglesia ha realizado una película exactamente igual. Si la base ha sido la canción, el film es idéntico. Empieza con desolación, prosigue con un tono indisimulado de tristeza y deriva hacia un crescendo histérico, irracional, desbordante e incansable en su brutalidad.
No es un film corriente, sino un ejercicio de pirado kamikaze, que nos sitúa en los límites de su propia naturaleza y de la nuestra, extraño, bizarro, pretendidamente repugnante, tan extremista como inaprensible. En definitiva, nos pega una paliza que nos sitúa en un nuevo territorio en el que no sabemos lo que estamos viendo, en el que vagamos desorientados en medio de golpes a nuestro estómago, exabruptos a nuestra forma habitual de ver cine y porrazos a nuestra propia sensibilidad. En eso, triunfa.
«Balada Triste de Trompeta» no se parece a nada ni quiere, camina directamente hacia su propio abismo y autodestrucción (no se preocupa que el espectador se salga de ella ya que no le importa) sin solemnidad y con determinación, es el film que quiere y no se detiene ante ningún formalismo ni estético ni ético. Es una película libre ejecutada por un creador asombrosamente seguro de hacer lo que hace. Tiene huevos el amigo De la Iglesia. Muchos.
En este delirio, entre estomagantes viajes a la más absoluta degradación, podemos vislumbrar un deseo de transmitir esa España absurda, desequilibrada y cateta, que sigue con las venas abiertas en su desolación y en su enfrentamiento. Ya lo dice un personaje, «no es su culpa, es que España es así». En eso, también gana. En esta especie de visión, vía vómito, de este país tan curioso que habitamos y que nunca deja de sorprendernos.
Mucho se podrá discutir de este film, a ratos brillantísimo, a ratos de un feísmo un tanto impostado, pero lo que está fuera de toda duda es que es una experiencia para el espectador, poseedor de secuencias imborrables y tremebundas (la transformación final del payaso tonto), geniales (la secuencia de la caza de Franco) o casi oníricas (la cueva), tantas reseñables como otras espantables.
Más allá de la extraordinaria labor narrativa de De la Iglesia, que bien dirige este hombre, y de las alucinantes interpretaciones de Antonio de la Torre y Carlos Areces, el film te pega su negrura en el alma y su miedo en tus huesos, te hace traspirar inquietud y dolor, te revuelve las tripas y te hace sentir indefenso.
Con tantas entradas para devenir film de culto como para ser denostado sin grandes esfuerzos, si al cine hay que pedirle riesgo es lo mejor que he visto en años. Si hay que pedirle otras cosas, es harina de otro costal porque, la verdad, es un film sobre el que es tan difícil expresarse como indescifrable es catalogar todo lo que te ha hecho sentir durante su torrencial metraje: desesperación, alucinación, gratuidad, efectismo, asombro, admiración, extrañeza, incomprensión, asquerosidad y, eso sí y esto va a misa, mal cuerpo, mucho mal cuerpo.
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