Crítica: «2012» de Roland Emmerich
Cuando ves por primera vez «Independence Day» te recorre una sensación de visionar algo fascistoide, irritantemente patriótico y profundamente estulto. Sensaciones exactas y correctas que se ven corregidas cuando te das cuenta, al repasar de nuevo algunos fragmentos, que lo que estás viendo en realidad es una comedia involuntaria.
Este nuevo género, el de la parodia fortuita, es obra de este inaugurador genérico llamado Roland Emmerich, realizador (¿podríamos decir que es un director?) de las películas más desvergonzadas e idiotas que el cine americano comercial nos ha deparado en los últimos tiempos.
Si la mala fama del cine americano palomitero tiene un nombre, este alemán, que parece sufrir un problema con los tamaños, es uno de sus principales preconizadores.
«Independence Day» no rozaba el ridículo, lo hacía, con un presidente pilotando la nave que aniquila a los marcianos y con un Will Smith con puro en boca que encarnaba una sucinta apología del mal gusto hablado.
«Godzilla», donde su problemas con los tamaños se hacían evidentes en el eslogan promocional de la cinta («el tamaño sí importa»), era otro compendio de machacona grandilocuencia sin misterio ni interés, aunque evitaba, siendo aburridísima, instantes vergonzantes.
No hablo de «Stargate», por poco apetecible, ni de «10.000 BC» que era directamente un suplicio y nos centraremos, tampoco demasiado, en «2012», la última barbaridad de Emmerich, un film de dos hora y media de duración con catástrofes mayúsculas (¿puede existir alguna mayor que el fin del mundo?) y todo un ramillete de situaciones perversamente pensadas por el director para hacerte sentir vergüenza ajena.
En mucho tiempo no veíamos una película tan profundamente idiota como ésta, y lo es tanto que hace gracia. Unas buenas carcajadas te salen del cuerpo al ver al caniche funambulista, o el doblaje del ruso necio, o al comprobar que mueren los adúlteros, las segundas parejas, los avariciosos y los presidente abnegados. Como te destornillas en las supuestas escenas trascendentes, cuando el mandamás se incorpora lentamente y se dirige con solemnidad al mundo o cuando un avión pasa entre dos edificios justito, muy justito.
Se muestra uno tan suelto viendo estos dislates que acaba entreteniéndose tratando de ver a Zapatero, o comparando al Berlusconi devoto de la función con el casquivano de la realidad, o esperando que se nombre al país de uno.
En definitiva, no puede haber más derroche de efectos visuales, de escenarios, de actores, de tramas y, principalmente, de esa forma de hacer mal cine de Emmerich que está tan despreocupada de lo imbécil que resulta que empieza a tener hasta encanto, el encanto del nuevo género que ha creado: las películas de catástrofes que son catastróficas.
1 comentario
#1. Jordi, hace 3 meses y 27 días
nunca e havia tenido la sensación de levantarme e irme del cine. Con 2012 estuve a punto de hacerlo. Es cine de domingo y con palomitas, pero com el riesgo de atragantarse y tener unos efectos secundarios difíciles de curar. Suerte que una buena película como Celda 211 lo soluciona todo.
Jordi
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