Por Juan Pablo Beas, hace 2 años y 9 meses

Verano 2009: De exorcismos y muñequitos bélicos

Una mala tarde la tiene cualquieraSeguimos acurrucados en las salas cinematográficas para disfrutar del cine y, como no, del aire acondicionado que refresca nuestras neuronas recalentadas por el bochorno atmosférico.

Dos nuevos títulos se añaden a lo visto en este estío del 2009: «GIJoe» y «Exorcismo en Connecticut».

«GIJoe» es un nuevo ejercicio pirotécnico a granel, una película de acción hiperespectular, con efectos especiales a espuertas, muchas vueltas en un guión que parece no acabarse nunca y poco estilo.

Vamos, una peliculita sin demasiada gracia, salvo la dinámica persecución por las calles de París y, eso sí, marcada con un aire de darse poca importancia que le beneficia. En definitiva, no es nada especial la película aunque las hay que se las dan de trascendentales. Su poca ambición la salva porque lo que es ofrecer, ofrece poco. Cuando el malo maloso empieza a serlo, uno ya está un pelín fatigado con tanta lucha.

«Exorcismo en Connecticut» es un film de terror, acogido con laureles en la taquilla americana de hace ya unos cuantos meses. La película tiende hacia el convencionalismo en sus principales señas de identidad: una familia que llega a una casa encantada, un misterio que se deberá resolver, aparaciones fantasmagóricas y resolución de dramas familiares.

Hasta ahí, lo hemos visto en muchas ocasiones. Pero hay dos ingredientes que juegan muy a favor de la película y que le permiten salvar la función con cierta holgura.

En primer lugar, nos ofrece un drama familiar más intenso y doloroso de lo esperado centrado en la enfermedad del hijo mayor, mostrada con verosimilitud y sin efectismos, cuando podía haber caído en lo fácil. Una enfermedad que le sirve al film para vincular al joven con el mundo de los muertos, como si se tratara de una estación de tránsito.

Y en segundo, porque la película es profundamente efectiva. O sea, que logra producir cierta inquietud y zozobra en el espectador. A diferencia de otros films de terror que ves con indiferencia a partir del segundo susto, aquí el director logra empapar cada fotograma de una atmósfera opresiva y trágica que uno se no quita de encima hasta que sale del cine.

En este sentido, la película te mantiene en vilo a través de la conexión emocional del joven enfermo y a la concepción laberíntica de la casa que nunca pareces dominar mentalmente y que te provoca sustos logrados.

El director también transita bien pasado y presente y tiene cierto gusto en la imagen, no es chusca, tiene su estilo, brillando en los momentos en los que sugiere más que muestra. 

Eso sí, igual que la atmósfera agobiante te acompaña en todo el metraje, también el regusto a telefilm. Pero es un film digno y entretenido.

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