Crítica: «Los Abrazos Rotos» de Pedro Almodóvar
Almodóvar es único. Para lo bueno y para lo malo. Su universo, tejido a lo largo de su dilatada y prestigiosa filmografía, es de él y nadie más, tan hermético como marciano, tan irreproductible como emocionante, tan especial como universal.
Siempre he pensado que su gran mérito reside en expandir su sensibilidad hacia la nuestra, pese a retratar experiencias y personajes que pueden encontrarse a años luz de nuestro empirismo.
«Todo sobre mi madre» es el símbolo de su cine. Vidas cruzadas en encuentros increíbles, definiciones humanas al límite y vivencias indefinibles que traspasan y nos empapan de emoción. Como «Volver» tan exagerada y extremista en su cine fantasmagórico, tan cercana a la postre.
Almodóvar siempre propone y se atreve, siempre te interroga y te desalienta, siempre te estira la cuerda de la comprensión y los sentimientos. De ahí su sugerencia, su originalidad, su unicidad, su grandeza.
Con «Los Abrazos Rotos» parece haber estirado demasiado de ella hasta romperla incomprensiblemente. Tiene el film destellos memorables, únicos, como Penélope Cruz doblándose en directo mientras su amante mira la pantalla, contiene homenajes fílmicos inteligentes e imágenes de una extraña hermosura que te cautivan.
Pero el exceso le ha salido caro al manchego. La dilatación de la historia, el rompecabezas estético, tan bien urdido como poco eficaz, denotan un exceso de protagonismo autoral, de artificiosidad impostada, incluso una cierta altivez, como si todo lo que un creador expusiera, siendo él quién lo hace, le estuviera permitido.
Le falta humildad a esta historia, le falta emoción. Con Almódovar el exceso se te lleva casi siempre a la lágrima y por eso es única, sólo él te la puede provocar. En este caso, no. Te desentiende de la narración.
Pedro Almodóvar es, posiblemente, el mejor creador que tenemos, tan atrevido, tan suyo, tan fascinante. Pero con su último film, que alcanza cotas de absoluto desatino en su tramo final, lo que ha roto no es ni su talento, ni su excepcionalidad, sino su conexión con el público.
Y es que, parece, que de tanto hablar de cine se ha olvidado de su destinatario. Parece Almodóvar solo preocupado en él. A este genio no le hace falta parecer nada, ya lo es. Por ello, estos fuegos artificiales vacuos, y a instantes bellos, no tienen demasiado sentido.
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