Por Juan Pablo Beas, hace 3 años y 2 meses

Crítica: «Gran Torino» de Clint Eastwood

Un ser inmensoCuando «Gran Torino» encara su tramo final algo te anuncia en el cuerpo que te va a hacer daño. Has interiorizado tanto el personaje central, ese anciano cascarrabias malhablado y refunfuñante, has generado tanta ternura para comprenderlo que su final y el tuyo van indisolublemente ligados.

Si el cine grande es aquel que te hace palpitar al mismo ritmo que su protagonista, «Gran Torino» es gran cine.

Este viaje a la tolerancia, a la convivencia y al respeto que encarna este veterano de la guerra de Corea es, además, importantísimo por su carácter ejemplificante.

Clint Eastwood es consciente del icono que representa en el universo americano, el del tipo duro, bregado en mil batallas, todo un héroe para el conservadurismo, de una sinceridad atroz, transparente ejemplo del americano hecho a sí mismo.

Viudo, reticente a los vínculos familiares, este solitario intolerante y agresivo, cuya única grata compañía es la de su perra, encarará el viaje final de su vida a través del camino de la comprensión y el cariño.

Para los sectores más reaccionarios y para los de pensamiento estreñido y excluyente, debe ser un golpe en pleno estómago que este personaje, con el que se ríen de forma cómplice en sus chascarrillos racistas de la primera hora del film, reconozca que el valor de la amistad, que la sinceridad y el amor no queda lastrada por el origen de nadie y que la verdad de la vida está en el respeto y la comprensión, sin restricción de raza, ni religión, ni cultura.

Esa vuelta de tuerca que Eastwood ofrece de lo que su figura connota en su sociedad resulta necesaria y saneante para las mentes sucias de la segregación y los prejuicios.

La historia de «Gran Torino» nos habla también de la redención, de la culpa, tratada sin grandes subrayados, y del sacrificio por los que quieres.

Es como si el cine que vio nacer a Eastwood, violento y agresivo, y el último, más intimista y profundo, se dieran la mano en esta obra espléndida que marca su despedida interpretiva por todo lo alto.

Cuando Eastwood llega a la casa que resolverá la historia, pareces ver a William Munny, su asesino de «Sin Perdón» llegando a restañar el honor de las prostitutas agredidas. Pero no es así, este nuevo héroe silencioso y cotidiano enarbola otra bandera. Y es que en este nuevo salvaje oeste urbano las armas ya son otras.

Cuando se va acabando la historia, sabes que este relato divertido y aleccionador, tierno y cautivador, inteligente y conmocionante, definitivamente magistral, te va a emocionar. Porque rezuma verdad por todas partes.

Como en «Million Dollar Baby», la última vez que lloré en el cine tanto como ayer viendo «Gran Torino».

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