Crítica: «Revolutionary Road» de Sam Mendes
Sam Mendes tiene una actitud contestataria y respondona realmente fascinante. Con «American Beauty», el británico puso una bomba en la base de la aparente belleza de la vida normal americana a base de ironía, mala leche, sarcasmo inteligente y poética simbología que ponía en un brete la aparentemente moderna y liberal vida de los Estados Unidos.
El ejercicio de dinamitación de «Revolutionary Road» se presenta aún más complejo. El humor de «American Beauty», la aparente payasada o la gracia absurda que luego se muestran hirientes, no están presentes en la novela de Richard Yates sino, más bien lo contrario, se impone la sequedad, la trascendencia y la reflexión agria.
«Revolutionary Road» no es film de fácil digestión y hacer llegar al gran público esta historia era poco menos que complicado. El gancho de Winslet y Di Caprio y un marketing que no explica realmente de lo qué va, ha llevado a millones de personas a la sala para ver, a priori, el reencuentro de los protagonistas de «Titanic».
Grandes plateas para ver a estos dos inmensos actores jóvenes que no se esperaban, seguramente, el análisis decadente de un amor ilusionado que se hace añicos. El atrevimiento de Mendes de hacer llegar tan dolorosa obra que se interroga sobre la pareja y sobre las miserias del sueño y la vida próspera americana, es encomiable.
Superdotado con la imagen, con el encuadre concretamente, tan inspirado como un David Lean de pequeño formato, Mendes describe con crudeza cómo un matrimonio se desintegra al plantearse qué vida lleva.
Con una elegancia superlativa y audaz, el director escarba en la vida de una joven inquieta y adelantada a su tiempo en su concepción de su propio género y a un esposo tan pusilámine como atenazado.
Mendes compone un film de interiores, hermético y presidido por intensos diálogos entre marido y mujer, dónde se replantea la pareja como eje de vida, se reflexiona sobre la frustración y la arrogancia de nuestras pretensiones y vanidades y dónde se ve morir, lentamente, a dos personas que habitaban una época de prosperidad social y privada.
«Revolutionary Road» es, así, la aniquiliación definitiva del modelo americano de familia feliz de los años 50, una denuncia del enclaustramiento mental de la mujer de la época y de una sociedad vacía y sectaria, abrigada en su aparente bienestar e inconsciente de sus miserias personales.
Asesinato impertérrito del «american way of life» en un film imprescindible, sobresaliente, doloroso como las verdades que se escupen los desilusionados compañeros de viaje, deprimente al comprobar las reacciones de los amigos como espejos reflectantes, existencialista y depresivo al diseccionar el socabón enorme en las emociones de una mujer cuya apertura de mente la encierra e irritante al ver cómo un hombre no es capaz de dar un giro en su vida al enterrarse en su propia herencia.
«Revolutionary Road» es un film brillante, durísimo, atrevedísimo. Demasiado bueno como para venderlo como modelo en una noche de premios. «American Beauty» dolía pero se podía despistar uno. Con «Revolutionary Road» es imposible: el discurso es el mensaje.
Film que no deja indiferente así que no se puede uno exponer a él de cualquier manera. Mendes tira con bala y certeza, sin compasión, sabiendo que lo explica está en los pensamientos de muchos y en el sueño de lo incómodo para otros. Así que su deseo de fastidiar fílmica y emocionalmente al espectador que tiene sangre en las venas, es ampliamente efectivo.
De la ilusión encendida a la caída paulatina, el film de Mendes es tan terrorífico en lo que explica como la escena del desayuno en la que nos muestra cómo alguien empieza a bajar los brazos ante la vida.
Una escena absolutamente antológica que concluye un film magnífico, dirigido e interpetado de forma soberbia y cuya base escrita resulta fascinante.
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