Crítica: «Mi nombre es Harvey Milk» de Gus Van Sant
El cine, como todos sabemos, es una experiencia artística en la que el film propone y el espectador dispone. O sea, que nuestras experiencias, nuestras vidas, nuestros deseos, se ponen en circulación ante el material que visionamos, lo que se llama identificación, y de ahí nuestra valoración final, más allá de criterios relativamente objetivos que nuestro recuerdo cinéfilo almacena.
En definitiva, hay films dónde la cabeza te dicta unas órdenes relativas al análisis de lo visto y el corazón recorre otros caminos al margen de las primeras, sean satisfactorios o no.
En otras palabras, una película como conclusión fílmica te puede parecer buena y como desenlance emocional muy importante.
«Mi nombre Harvey Milk» es un buen film, un recorrido por la trayectoria del primer activista gay popular, un defensor de los derechos homosexuales que fue asesinado por defender algo que la sociedad no comprendía en esos momentos. Y que en muchos sitios y en muchos segmentos sociales sigue siendo intolerado.
Sean Penn elabora una composición inspirada del personaje y el film transita con acierto los principales pasajes de la vida de este concejal de San Francisco que lideró la reinvindicación de los derechos de los homosexuales.
El film tiene una pretendida forma comercial, bastante lineal, accesible para la mayoría con el fin de llegar al mayor público posible. Este hecho resta categoría artística visual a la obra, muy alejado de lo habitual en su director Gus Van Sant, y se constituye como un biopic bastante convencional, lo que no le resta funcionalidad y resultados más que solventes.
No juega con la imagen el director como otras veces, aunque use brillantemente imágenes de la época y su tono documental sea muy adecuado, sino que se pone al servicio de su historia dirigiéndola desde un segundo plano honesto y sosegado, ofreciendo una buena coordinación de historia personal y política, señalando con nitidez y síntesis los 10 años de vida de Milk que marcaron su inicio reinvindicativo y su final vital.
El retrato del colectivo homosexual y de sus actuaciones en la película es francamente bueno, creíble, aunque tal magnitud de acontecimientos resten en la definición íntima de los personajes.
Y «Mi nombre es Harvey Milk» es un film importante, con instantes de alta emocionalidad, aunque pueda resultar algo soso en diversos tramos y no sea a nivel artístico especialmente original.
Pero es necesario un film como este. Y, tristemente, actual. Hace unos meses una propuesta derogó el matrimonio entre personas del mismo sexo en California y en España hemos sufrido respuestas intolerantes y rancias a la incrementación de derechos de este colectivo. Por eso es importante. Porque aunque sólo sea un poco, muchas personas han podido ver el dolor de muchos jóvenes, la dificultad de afrontar tener una orientación sexual concreta y comprobar como la intolerancia de algunos afecta la vida de otros.
Bien dirigido e interpretado, basado en un guión sintético francamente estupendo, «Mi nombre Harvey Milk» es un buen film que debe abrir ojos y agitar consciencias, reinvidicar que todos somos iguales y que los derechos de unos deben ser idénticos a los de los otros.
No puedo evitar señalar que el film, con sus altibajos, me hizo sentir muchas cosas.
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