Crítica: «El Curioso Caso de Benjamin Button» de David Fincher
«El Curioso Caso de Benjamin Button» funciona como un reloj: es precisa, eficaz, artesana, detallista y preciosa. Una auténtica joya de orfebrería de gran elegancia visual que se erige como una exaltación suntuosa de aquello que adjetivamos demasiado y que aquí llega a su zénit: la magia del cine.
Resulta complicado definir la perfección y verosimilitud escenográfica y visual de esta obra. Es apabullante ver a Brad Pitt con 15 años, así como creíble su aspecto avejentado y su transformación a la inversa, tan minuciosa y perfecta que produce asombro.
De una idea de Scott Fitzgerald, su extensión escrita nos hace dudar del concepto adaptación literaria, Eric Roth desarrolla una historia punteada por un realismo mágico que te adentra en las sensaciones propias de la fábula, te cobija como un niño ante una imaginería tan rotundamente elaborada y te permite acoger en tu pensamiento la libertad de un texto en el que todo es posible.
El tiempo marca la vida y la muerte y aquí todo está conectado. El inicio con el fin, los proyectos con las realizaciones, los deseos con las frustraciones, las ganas de vivir con el dolor de la pérdida, lo añejo con lo reciente. Tantos conceptos que estructuramos en nuestras vidas para comprenderlos y aquí se muestran revueltos y rodeados de una reflexión serena e inteligente. A veces, perdemos demasiado tiempo en entender la vida y perdemos la oportunidad de vivirla, sin más.
Apología de lo que significa el valor de una vida y su grandeza, su excepcionalidad y su belleza. El tono reposado con el que se nos explica esta historia nos alarma sobre la velocidad de nuestra posmodernidad y la necesidad de pararse y paladear este mundo.
«El Curioso Caso de Benjamin Button» es un film hermoso, una explosión de luz en la trayectoria de David Fincher, creador acostumbrado a explorar la oscuridad humana en historias pétridas y gélidas, malsanas y malolientes.
Y él, el creador, es lo mejor de la función: su labor es absolutamente memorable. Su narrativa tan impecable que uno llega a la sensación de que no se puede explicar mejor una historia tan compleja y bonita como esta.
Pero no es un film perfecto. A la historia le falta emoción en algunos momentos clave, química entre los actores y le sobra demasiada tendencia a la imagen preciosista. En determinados pasajes, está demasiado impostada, fuerza mucho la máquina para que cada uno de los planos resulte exquisito. Hay imágenes excesivamente buscadas, no espontáneas. A veces, la belleza no está sólo en el cromatismo o la composición de un plano sino en la verdad que reside tras ella.
Fincher ha querido hacer la película más bonita del mundo y esa intención, a veces, le pasa factura. Y lo hace en forma de ausencia de frescura, endulzándote excesivamente, dejándote un cierto regusto cursilón.
Ello, no obstante, no es óbice para considerar el film como una experiencia cinematográfica bellísima.
1 comentario
#1. Jose Bidea, hace 3 años y 3 meses
No había sido capaz de comprender que la fallaba a la película realmente hasta que he leído tu entrada. Es cierto que se pasa de barroquismo a la hora de encuadrar y que incluso a veces redunda en la cursilería con el fin de intentar hacer más bella una historia que, quizás, no necesitase de ingredientes extraordinarios. Me parece una lectura exacta y minuciosa del film.
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