Por Juan Pablo Beas, hace 2 meses y 2 días

Crítica: «El Niño con el Pijama de Rayas» de Mark Herman

El cartel, lo mejor del filmExplicar el deleznable exterminio de los judios por parte de la Alemania nazi ha sido y, seguramente, seguirá siendo un tema recurrente en el séptimo arte.

La conjunción de historia, dramatismo y reparación de una injusticia ha propiciado a muchos escritores y directores el espacio idoneo para hablarnos de los límites tanto de la maldad más inmoral como del espíritu humano de supervivencia ante el horror.

No haremos, aquí, una compilación de películas sobre el holocausto ni tampoco utilizaremos como arma arrojadiza hacia el film de Herman el cierto cansancio que la repetición de esta temática pueda pesar actualmente sobre el espectador. Porque, aún tratando el mismo tema, la novela de John Boyne lo encaraba desde otra perspectiva: la visión de dos niños, situados a lado y lado de la denigrante verja del racismo más ofensivo que Europa recuerda, que descubren, desde su puerilidad, la terrible verdad.

Como Roberto Benigni  en «La Vida es Bella», quién transformaba la tragedia en clave infantil para apartar los ojos de su hijo de la barbarie, Boyne explica la «convivencia» de un niño alemán hijo de un general copartícipe de esos crímenes con un pequeño judio que se esconde tras la alambrada de la infamia.

Esa inocencia ante la ignominia que manifiesta la novela provocó, lógicamente, la conexión del lector con sus personajes y su consecuente reacción emotiva ante los hechos explicados, cuyo despertar para el espectador es paralelo al  proceso de «conocimiento» del niño.

Esa conexión emocional es lo que Mark Herman se ha dejado en el tintero a la hora de adaptar la novela. Este buen material escrito se queda en eso, pues la verdad de la novela sólo sigue allí.

El film no puede ser más encarcarado, moroso y desabrido. ¿Cómo se puede explicar esta terrible historia con tan poca pasión, con tan poca entrega?

Parece narrar sin implicarse, sin tensión ni emoción y eso se nota. Muchísimo. Porque la película pasa sin pena ni gloria, sin conmover ni electrizar un solo pelo del cuerpo. Toda una proeza de sosería, de falta de viveza, para tener entre las manos la novela que tenía.

Sí, efectivamente, el film puede resultar correcto, mediano, pero siempre y cuando nos tapemos los ojos con las manos y no nos paremos a reflexionar sobre lo que tenía la oportunidad de hacer. No se puede ser tan correctísimo, tan limpio cuando la historia te pide que te manches el alma.

Ni la madre sufridora, ni el pobre judio esclavizado y enfermo, ni el propio Bruno, interpretado Asa Butterfield, un niño de un azul magnético en los ojos y que deviene lo mejor de la función, consiguen levantar el vuelo de un film estático, insaboro, tan académico como falto de pulso y nervio. Tan falto de dolor.

¿Cómo podemos catalogar un film para que una escena como la que concluye la historia pase por tu cuerpo sin humedecerte el corazón?

Quizá como una oportunidad tristemente perdida.

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