Por Juan Pablo Beas, hace 3 años y 5 meses

Crítica: «Wall·E» de Andrew Stanton

Una maravilla de ternura y emociónHoy en día resulta difícil emocionarse de verdad en el cine. Historias artificiales y recursos fáciles alejan al espectador de esa conexión sincera con el celuloide a través de la lágrima.

Si el film es de animación, al mostrar un mundo no compartido ni referenciado por el público, la artificiosidad crece y la posible identificación con los personajes resulta aún más complicada.

A ello, añadamos una tercera pirueta: que los protagonistas sean robots, engendros de distinta naturaleza a la nuestra, cuya expresión sentimental y comunicacional discurre a través de otros códigos.

Una misión casi imposible. Casi. «Wall·E» destroza toda la artificiosidad que podría separar al espectador de su criatura y logra un hito elogiable: emocionar de verdad con una historia y con un personaje.

Porque si una cosa diferencia a «Wall·E» de otras películas de la Pixar es su sencilla y honesta forma de emocionar. Algo tan simple como que un robot quiera coger la mano de otro se convierte en un castillo de sensaciones que el espectador entiende y comprende, que interioriza hasta lograr que la sensibilidad fluya.

Las referencias a Charlot o a Buster Keaton o al ordenador HAL de «2001: una odisea del espacio», o las lecturas en clave ecologista o su final esperanzado pero no necesariamente feliz o la dominación del hombre por parte de la técnica o la visión apocalíptica que nos ofrece. Todo, todo queda eclipsado por el momento en que este adorable robot coge la mano de su querida Eva.

Es un instante de una sinceridad emocional absolutamente brutal, un instante mágico que culmina la primera historia de amor explicada por Pixar.

Tiene la historia acción, persecuciones, giros y chistes pero la imagen de «Hello Dolly» de fondo mientras se enciende un mechero y se busca una mano consigue adeñuarse de nuestros corazones al explicarnos tan transparentemente cómo se empieza a amar.

No creo que sea la mejor película de la Pixar, yo adoro muchas y entre ellas y por reciente «Ratatouille», pero «Wall·E» es una lección de cómo explicar cosas emotivas sin grandes aspavientos ni complicaciones (la primera media hora del film casi mudo es excepcional), como si el film contuviera los valores de un cine inocente y puro, casi virgen, que las décadas de evolución del séptimo arte se ha encargado de ensuciar con aderezos prescindibles.

Hablamos de artificios. Resulta curioso que el film por naturaleza más artificial (realizado con ordenadores) se convierta en el más auténtico y sincero. Y es que sus creadores manejan tan bien el ratón del ordenador como la emoción humana.

La sencillez y sensibilidad de este robot, que alcanza cotas de auténtica belleza emocional, debería servir de ejemplo para muchos.

Una maravilla.

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