Crítica: «Buda explotó por vergüenza» de Hanna Makhmalbaf
Hay películas tan sencillas que se le quedan a uno en la mente como auténticas lecciones de cine y de vida. Su forma de explicarse es tan auténtica, tan natural, que superan la propia ficción para ofrecerte un soplo de aire fresco que te alecciona y noquea, que demuestra que para decir cosas importantes no es necesario grandes dramaturgias ni florituras visuales.
En 1996, ví «Gabbeh» una obra de una insultante sencillez que destilaba hermosura y nociones agarradas a la vida. Su autor era Mohsen Makhmalbaf y la escena del profesor enseñando a un grupo de niños delante de una pizarra en plena naturaleza es uno de los grandes momentos que he disfrutado en una sala de cine.
12 años después, nos llega otro ejemplo de un cine iraní tan despojado de artificio que consigue la emoción más sincera sin manipulaciones ni intromisiones interesadas en la inteligencia del espectador. Es la hija de Mohsen, Hanna Makhmalbaf, quién ha puesto en pie «Buda explotó por vergüenza», gran Premio del Jurado en el pasado Festival de San Sebastián.
La hija del gran creador iraní debuta en la dirección con una cinta pequeña, metáfora escalofriante de un Afganistán que vive envuelto en una violencia incontrolable representada en los juegos inquietantemente agresivos que entretienen a sus niños y niñas.
Juegos de niños que detienen y ultrajan, en estado continuo de acción de guerra, que atacan y destruyen.
La protagonista, con esta pequeñita cara de manzana, pretende comprarse un cuaderno para ir a la escuela pero verá impedida su misión por la enquistada violencia que cercena libertades y destruye expectativas de futuro.
Tiene la cinta de la joven creadora instantes de una plasticidad simbólica excepcional, soluciones escritas de gran magnetismo y emoción, imágenes culpidoras y terroríficas y una ternura extrema en el seguimiento de su pequeña protagonista a través de una cámara transparente y silenciosa.
Pese a ciertos balbuceos narrativos, con algunas metáforas muy elementales y soluciones temáticas precipitadas, la película consigue, en muy poco tiempo (apenas 80 minutos) , ofrecer una obra visualmente hermosa y una dolorosa reflexión sobre el futuro de un país y sus niños, que mimetizan la vida de sus adultos y empiezan a sembrar la intolerancia, la violencia y la incomprensión.
No es un film tan brillante y enjundioso como los de su padre pero es tan voluntarioso y heterogeneo que finaliza dejando la sensación de haber visto algo que merece la pena comentar.
Una pequeña y sencilla joya que denuncia y sintetiza su sociedad con la más absoluta naturalidad y honestidad.
Una oda a las escenas como espejos simbólicos de una realidad demasiado dura.
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