Por Juan Pablo Beas, hace 10 meses y 8 días

Crítica: «Expiación», de Joe Wright

ExpiacionContiene «Expiación» una pátina de empapada melancolía que acompaña cada una de sus bellas imágenes.

Se transpira la pérdida en la mayoría de sus escenas como si sus planos llevaran consigo un perfume trágico de predestinación y conflicto.

La apasionante novela de Ian McEwan es conducida por Joe Wright en un recorrido que abarca desde la maldad más pueril y la frustración del destino incontrolado hasta la necesidad de culpabilidad expiada y la distancia de un amor fragmentado.

Todo es evocado por el director británico en un melodrama moderno, muy de nuestros días, sofisticado y atrevido, preciosista y con personalidad, que analiza el peso trágico de la existencia de tres personajes arrebatados de la normalidad por un incidente puntual de gran calado moral.

Wright no parece interesado en desplegar las grandes alas del melodrama clásico sino en plasmar las sensaciones y desesperaciones de cada uno de sus personajes (inspiradísimos Keira Knightley, James McAvoy y Saoirse Ronan) y, sobre todo, del peso trágico de sus destinos.

En este sentido, «Expiación» es un melodrama más espiritual que físico, que evita las escenas más tremebundas para mostrarlas cómo las vive la persona y no la acción; le interesa más el prisma individual de la tragedia vivida que la dimensión general que el hecho despierta.

Su apuesta narrativa es definitivamente admirable. Brillante y elegante en su puesta en escena y arriesgada en sus intenciones, el director alterna puntos de vista, modela su desarrollo con la magistral música de Dario Marianelli, juega con el tiempo y el espacio y divide continuamente la perspectiva explicativa para ofrecer una panorámica privada de las consecuencias en los tres protagonistas.

Una primera parte plagada de misterio, de miradas escondidas, de transiciones veloces y perspectivas diferentes desembocan en el crimen, desentrañando que la maldad reside en los seres humanos y que la edad no lo alimenta sino que, quizá, lo frena.

La segunda parte ralentiza la acción, en una adecuación rítmica magnífica, transmitiendo así el dilatación del tiempo en el desencuentro. El plano secuencia de la playa como símbolo de la angustia y sinrazón de una guerra resulta fundamental.

Y la tercera deviene un alarde de sentimiento de culpabilidad escocido y un homenaje hermoso a la función redentora del arte y, en concreto, de la literatura, en un giro casi metalingüístico. Si la vida no ofrece finales felices, quizá haya que ofrecérselos en la ficción. Bellísimo.

Historia dolorosa, mucho más profunda y malsana de lo que aparenta, «Expiación» nos habla de muchas nociones de la que es capaz el ser humano: desde la mezquindad y la maldad más infinita hasta de su componente más bondadoso y generoso que sublima el amor y la culpa. De la verdad y la mentira. De la ficción y la realidad.

Y, principalmente, de un sentimiento de tristeza, de injusticia ante el destino, de la incapacidad de amar en libertad y de la compleja agresividad y capacidad punitiva del ser humano que se transmite de principio a fin en esta fascinante película.

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