Por Juan Pablo Beas, hace 1 año y 1 mes

Crítica: «Leones por Corderos», de Robert Redford

Leones por Corderos

Robert Redford es una de las pocas voces progresistas que se hacen escuchar en Hollywood. Su larga y respetada trayectoria artística y personal le ha labrado un historial de independencia y compromiso que le permite disfrutar de un oasis de libertad creativa en un mundo con tantas injerencias económicas y capitalistas.

Un símbolo de quien dice las cosas cómo las piensa, directamente, defendiendo posturas pese a quien pese, de una honestidad ideológica indiscutible y que utiliza sus propias herramientas para difundirlas: su carisma en la calle y su oficio y su arte dentro de los estudios de filmación.

«Leones por Corderos» es un film claramente político, bienintencionado y valiente, que establece una panorámica general, nada alentadora, de la situación de un país que mira de reojo y no se fía de nadie, enfermo de terrorismo, que se lanza en conflictos bélicos bajo intereses económicos y que alumbra un futuro tan inestable como el interés de los propios americanos por mejorar su sociedad.

Redford divide su narración en tres frentes: la conversación entre un profesor de instituto (el propio Redford) y un estudiante tan prometedor como apático; la entrevista de una veterana periodista a un senador republicano (magníficos Meryl Streep y Tom Cruise); y las últimas horas de dos soldados norteamericanos, antiguos alumnos del primero, en el campo de batalla de Irak.

Redford elabora un film conversacional, casi ensayístico, en el que se alternan las tres líneas argumentales mientras se va destilando, poco a poco, una enérgica diatriba contra la política internacional norteamericana, contra la inoperancia de la administración Bush, la insensatez de la guerra y la inacción social de un gobierno que sobrepone los interes comerciales a los de sus conciudadanos. Además, nos muestra una sociedad despreocupada de su propia crisis y que no toma partido por nada.

«Leones por Corderos» es una película seria, rigurosa y atrevida, que nace de un planteamiento admirable y que logra solventes resultados. Pese a ello, Redford se toma demasiado en serio en algunas escenas, alecciona excesivamente en ciertas conversaciones y no consigue desprenderse de un cierto didactismo destinado a los espectadores americanos de la cinta.

Habla claro el film de Redford, lo que se agradece, muestra su libertad creativa en cada una de las puyas verbales que lanza contra su propia sociedad, es honesta e ideológicamente íntegra. Pero también es un film excesivamente estático, demasiado constreñido, poco dinamizado, con demasiada conversación y poca acción, lo que puede conducir a los espectadores a abrazarse a cierto aburrimiento.

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