Por Juan Pablo Beas, hace 7 meses y 26 días

«Thor» o el encantador barroquismo de Kenneth Brannagh (y otros films dignos de comentario)

El novio de la PatakyDespués de unos meses de ausencia por cuestiones laborales, volvemos con más ganas que nunca a pasar un rato sobre el teclado hablando de cine.

Apasionado y megalómano como pocos, Kenneth Brannagh va ligado íntimamente a la figura de William Shakespeare. El británico ha sido el heredero natural de Lawrence Olivier en la traslación al cine de las magnas obras de tan excelso dramaturgo.

«Enrique V», «Mucho ruido y pocas nueces», «Trabajos de Amor Perdidos», «En lo más crudo del crudo invierno» o la monumental y maravillosa «Hamlet» son títulos en los que Brannagh ha vertido toda su incontenible tendencia al exceso, a la exageración casi barroca, algo que sólo se destila desde un apasionamiento desmesurado, tan bestial como encantador.

Adoro a Brannagh y me encandila su egolatría autoral, su falta de pudor para resultar grandilocuente, su hermosa y fiel forma de trasladar en imágenes el fulgor de las letras, tan irrefrenables como su cine, de Shakespeare.

Que en Hollywood le encargaran «Thor», la adaptación de otro cómic de la Marvel, tenía tanto de tino del productor en proporcionar una historia claramente épica de reinos y tradiciones a un director acostumbrado a la escena shakesperiana como de temeridad ya que Brannagh no acostumbra a señalar sus propios límites en la explicación hiperbólica de sus historias.

Sea como fuere, el acierto es evidente al comprobar la buena ración de elegante barroquismo que incluye este frenético y exageradísimo film que tiene, precisamente, en todo su exceso su virtud.

El «Thor» de Brannagh es una espectacular película de superhéroes que consigue tapar, con su frenética dirección, su cuidada y seria escenografía y sus aciertos actorales, el hecho que este personaje tenga menos que ofrecer que otros. Al fin y al cabo, no es más que un hombre destronado que tiene poderes cuando tiene un martillo mágico a su lado.

Lo cierto es que la película se disfruta sobradamente, es un producto comercial de gran factura que está impregnado de ese aire de trascendencia y drama que tanto gusta al director de «Frankenstein», otro monumento al desenfreno épico-narrativo.

En definitiva, Brannagh consigue que el film se pase en un suspiro y que tenga encanto y gracia en su desmesura. Potente.

Del resto de estas semanas, destacar la sobria y eficaz historia que Duncan Jones nos explica en «Código Fuente», un film sin grandes pretensiones pero que ofrece un entretenimiento firme, así como la vuelta de Wes Craven a la saga de «Scream».

Para los iniciados y amantes del género, la película merece la pena ya que los juegos metalingüísticos habituales en esta saga se multiplican en un nuevo laberinto de referencias cinéfilas. Lo mejor, que se ría de la tendencia del cine americano actual a rehacer clásicos, empezando de nuevo desde el principio (Viernes 13, Pesadilla en Elm Street...) lo que los americanos llaman reboot. Y lo hace siendo al mismo tiempo la cuarta parte y el reboot de la historia de la primera. Gracioso.

Por último, y como todo no puede ser positivo, comentar que «Invasión a la tierra» es una vergüenza de película. Ahí lo dejo.

Por Juan Pablo Beas, hace 1 año

Mis mejores del 2010: Las redes sociales del nazismo y de nuestro tiempo

Dos cintas claramente socialesToda compilación de lo mejor del año es, por una parte, una valoración estrictamente personal que viene determinada por tus propios gustos, tus filias y, evidentemente, por lo visto, que no es todo lamentablemente. Pese a ello, mis preferidas del 2010 son las siguientes:

10-«Balada Triste de Trompeta»: Genial bestialidad de Alex de la Iglesia que, con sus defectos extremistas, debe quedar cómo algo destacable de este año. Su riesgo y su par de narices así lo merecen.

9-«Te quiero ¡Phillip Morris»: Reconozco que puede condicionar mis filias la presencia de este film en la lista. Pero, al margen de ello, es graciosa, ágil y valiente.

8-«Shutter Island»: El ejercicio de estilo más brillante del año aunque la historia flaquee en su tramo final. Un film capaz de mostrar imágenes tan poderosas debe estar en lo más alto.

7-«En Tierra Hostil»: Pese a mis reticencias iniciales, el film ganador del Oscar es estupendo. Contiene una extraordinaria labor de dirección y un buen y astuto guión, además de la ración justa de profundidad.

6-«Déjame Entrar»: Su mezcla de lirismo y horror me llegó a las entrañas. Me gusta el estilo de su director y la calidad de su narración, pausada, solemne, entristecida.

lo mejorcito5-«Un profeta»: Este film francés de género carcelario establece un equilibrio perfecto entre lo autoral y lo entretenido. Con escenas de una fuerza inusitada.

4-«Toy Story 3»: La más hermosa historia contada en el 2010. El adiós a la infancia más emocionante en un film impecable en todos sus aspectos.

3-«The Road»: El film que más me ha trabajado la mente del 2010. Duro, áspero, desalentador. Con una estética cuidada y la mejor dirección de fotografía de hace mucho tiempo.

2-«La Red Social»: Soberbio retrato de nuestro tiempo, tan solitario, tan individualizado, tan poco solidario, tan sanguinaria en búsqueda del éxito. Una delicia visual y escrita de un mundo sin escrúpulos.

1-«La Cinta Blanca»: El fim más impresionante del año y eso que fue los primeros en llegar. Un retrato feroz del nazismo incipiente y una radiografía del génesis de la violencia de una sociedad. Soberbio.

De mi primera lista, debieron caerse algunas para reducirlas a diez. Las que se cayeron y que están entre lo mejor del 2010 son:

-«Origen» de la que reconozco su complejidad pero no tiene mi afecto.
-«Buried», ejercicio de estilo apasionante de Rodrigo Cortés.
-«Cómo entrenar a tu dragón» una preciosa cinta infantil.
-«Nine», sé que a nadie le gustó pero a mi sí.

Por Juan Pablo Beas, hace 1 año y 1 mes

Arrebatadora, repugnante, histérica «Balada Triste de Trompeta»

Delirio y dislate máximoDe la Iglesia hace una descripción, en clave vómito, de la historia reciente de España

Siempre he sentido una especial fascinación, irracional supongo como la mayoría de estos arrebatos, por «Balada Triste de Trompeta», esa extrañísima canción de Raphael que empieza con meliflua melodía, que es arrebatadoramente taciturna y que deriva en una histérica y surrealista sucesión de gritos tan propios de la personalidad guiñolesca del cantante.

Alex de la Iglesia ha realizado una película exactamente igual. Si la base ha sido la canción, el film es idéntico. Empieza con desolación, prosigue con un tono indisimulado de tristeza y deriva hacia un crescendo histérico, irracional, desbordante e incansable en su brutalidad.

No es un film corriente, sino un ejercicio de pirado kamikaze, que nos sitúa en los límites de su propia naturaleza y de la nuestra, extraño, bizarro, pretendidamente repugnante, tan extremista como inaprensible. En definitiva, nos pega una paliza que nos sitúa en un nuevo territorio en el que no sabemos lo que estamos viendo, en el que vagamos desorientados en medio de golpes a nuestro estómago, exabruptos a nuestra forma habitual de ver cine y porrazos a nuestra propia sensibilidad. En eso, triunfa.

«Balada Triste de Trompeta» no se parece a nada ni quiere, camina directamente hacia su propio abismo y autodestrucción (no se preocupa que el espectador se salga de ella ya que no le importa) sin solemnidad y con determinación, es el film que quiere y no se detiene ante ningún formalismo ni estético ni ético. Es una película libre ejecutada por un creador asombrosamente seguro de hacer lo que hace. Tiene huevos el amigo De la Iglesia. Muchos.

En este delirio, entre estomagantes viajes a la más absoluta degradación, podemos vislumbrar un deseo de transmitir esa España absurda, desequilibrada y cateta, que sigue con las venas abiertas en su desolación y en su enfrentamiento. Ya lo dice un personaje, «no es su culpa, es que España es así». En eso, también gana. En esta especie de visión, vía vómito, de este país tan curioso que habitamos y que nunca deja de sorprendernos.

Mucho se podrá discutir de este film, a ratos brillantísimo, a ratos de un feísmo un tanto impostado, pero lo que está fuera de toda duda es que es una experiencia para el espectador, poseedor de secuencias imborrables y tremebundas (la transformación final del payaso tonto), geniales (la secuencia de la caza de Franco) o casi oníricas (la cueva), tantas reseñables como otras espantables.

Más allá de la extraordinaria labor narrativa de De la Iglesia, que bien dirige este hombre, y de las alucinantes interpretaciones de Antonio de la Torre y Carlos Areces, el film te pega su negrura en el alma y su miedo en tus huesos, te hace traspirar inquietud y dolor, te revuelve las tripas y te hace sentir indefenso.

Con tantas entradas para devenir film de culto como para ser denostado sin grandes esfuerzos, si al cine hay que pedirle riesgo es lo mejor que he visto en años. Si hay que pedirle otras cosas, es harina de otro costal porque, la verdad, es un film sobre el que es tan difícil expresarse como indescifrable es catalogar todo lo que te ha hecho sentir durante su torrencial metraje: desesperación, alucinación, gratuidad, efectismo, asombro, admiración, extrañeza, incomprensión, asquerosidad y, eso sí y esto va a misa, mal cuerpo, mucho mal cuerpo.

Por Juan Pablo Beas, hace 1 año y 1 mes

Crítica: «Harry Potter 7» y llegó el equilibrio

La cosa se pone ya calentitaYates ha mejorado una saga infantil hasta hacerla robusta y equilibrada 

Los primeros pasos fílmicos de Harry Potter vinieron de la mano de Chris Columbus, poco estimulante director de comedias americanas al uso y contador desapasionado de las dos entregas iniciales (La Piedra Filosofal y La Cámara Secreta). Alfonso Cuarón, en la tercera película (El Prisionero de Azkaban), ofreció un destello de lo que podría ser la saga en un futuro: mucho más tenebrosa, más arriesgada, con ínfulas artísticas, no sólo comerciales.

Tras el tropiezo de Mike Newell en «El Cáliz de Fuego», la peor de toda la leyenda potteriana, David Yates, un desconocido director británico, se hizo cargo de la franquicia ante el escepticismo general.

Un desasosiego que parecía justificarse en la primera, y desordenada, hora de «La Orden del Fénix» pero que se disipaba en una segunda parte vitamínica, malsana, con interesantes aciertos en la deriva apocalíptica de la historia y con una factura visual bastante estimulante.

«El Misterio del Príncipe», la peor tratada e injustamente por la crítica, era un ejercicio cinematográfico brillante, atrevido incluso, capaz de combinar la acción con parones curiosos que se centraban, con toques de humor, en los problemas hormonales de los adolescentes protagonistas. Esta sexta entrega se definía como un título clave en la transmutación final del devenir de la historia, desde la infancia hasta la adultez.

Y llegó el equilibrio. «Las Reliquias de la Muerte. Parte I» ya es un film plenamente adulto, equilibrado y fuerte. La calidad visual es todavía superior al contar con buenos técnicos como Eduardo Serra en la fotografía o Alexandre Desplat en la música y al encontrar en David Yates un maestro de ceremonias más acertado, más trepidante, más contundente.

«Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte» transmite la desesperación del final de ciclo, la angustia que desprende lo maligno y el errante destino (a lo Señor de los Anillos) de unos jóvenes perdidos en un mundo que se les ha ido de las manos.

El film contiene una apasionante ración de acción, correctos descansos y una puesta en escena más elaborada, con especial inspiración en la plasmación de lo negativo, de lo enfermizo (las apariciones de Ralph Fiennes son eléctricas). Incluso, posee ciertos deseos artísticos en el planteamiento de esos espacios muertos entre los giros de la narración.

«Harry Potter 7» es un film adulto, seguro de sí mismo, sugerente aunque pueda bandearse en su escala rítmica.

Un buen prólogo para lo que promete ser un final espectacular.

Por Juan Pablo Beas, hace 1 año y 2 meses

Crítica: «La Red Social» o el soberbio retrato de nuestro solitario tiempo

Inesperado clásicoDespués de un lapso de tiempo sin vernos en esta querida página, volvemos con más madera. Para empezar, la crítica del nuevo trabajo del genial David Fincher

Una competición de regatas, donde prima la velocidad, rodada en cámara lenta, con música clásica reelaborada desde la modernidad, planos vertiginosos en sus perspectivas, primerísimos angustiosos, exhibición rítmica, talento visual mayúsculo, cine grande.

Esta escena, que me retrae el aroma del Kubrick inalcanzable, es tan soberanamente buena que sólo puede haber sido creada por un maestro del cine. David Fincher lo es y su filmografía así lo demuestra. Su innegable creatividad y su lucidez narrativa no tienen demasiados rivales en el arte cinematográfico actual. Como rotundas maestrías esconden «Seven» o «El Club de la Lucha» o «Zodiac».

Pero, además, Fincher tiene el don de resultar generacional casi siempre. Se sitúe en la época que se sitúa su cine, su labor tiene ese rumor a título definitivo sobre algo, a conseguir dividir con su atrevimiento lo anterior y lo que vendrá, a resultar no sólo convincente sino necesario para explicar el cine de su tiempo.

Si a esa capacidad de traspasar y clavar picas en su realidad, se añade un relato tan claramente generacional como el creado con inusitada belleza dialogada por Aaron Sorkin en «La Red Social», no podemos más que encontrarnos con un sorprendente clásico moderno.

Supongo que muchos reaccionaron cómo yo lo hice cuando me enteré que estaba metido Fincher en el mundo de Facebook y de Mark Zuckerberg. Incrédulo. Pobre de mí, el director sabía que «La Red Social» sería al mundo individualizado y aislado de hoy,  lo que «El Club de la Lucha» fue al mundo desorientado, convulsivo y agresivo de hace unos años.

«La Red Social» es, además, un retrato inmisericorde de un mundo competitivo y sangrante, donde las lealtades están acabadas y donde el dinero y el egoísmo recorren todo aquello que resulta exitoso.

La pugna por el dinero generado por Facebook de Zuckerberg y compañía es una parábola definitiva del deshonesto mundo del éxito que preside nuestro planeta, dónde el nadie conoce a nadie nos deja en una indefensión que los grandes poderes aprovechan.

Por si fuera poco, y mientras disfrutamos de lo agradable que es oír diálogos inteligentes y demostraciones palmarias de una narración fílmica de primer orden, el film nos ofrece un retrato complejo, ni condescendiente ni complaciente, de un tipo odioso ante el desamor, un genio imperturbable y, en el fondo, un egocéntrico brillante acomplejado por no ser el chico de las carreras de remos.

La soledad, en el fondo, de un mundo tecnológico que creemos que nos une a través de redes de amigos cuando, quizá, nos separe. Un mundo en el que dedicamos más tiempo a actualizar y actualizar una página en nuestra soledad que en salir a la calle a tomar un café o el aire fresco.

«La Red Social» es un film asombroso, no sólo por su calidad y su adherencia a su tiempo, sino por ser uno de los pocos que han abofeteado a la sociedad actual dejando en evidencia su soledad.

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